El cuento final de Paris, je t'aime siempre me recuerda a esto.
Mi pieza quedaba al borde de la carretera, cerca de la aduana; a mi derecha lo único que veía era el desierto, esa linea bizarra, hipnotizante, tan cercana y tan distante a la vez, con el Licancabur nevado de sombrero. Sóno algo en la radio que sólo recuerdo como preciso, perfecto, mientras lavaba ropa en la batea del lugar, a la sombra de un pimentero.
Es memorable porque en su aparente simplicidad, no podía encontrar algo mas intenso, menos superficial. Era real, luminoso y sincero, como las mejores cosas de la vida.
Eso.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario