lunes, febrero 8

El cuento final de Paris, je t'aime siempre me recuerda a esto.

Mi pieza quedaba al borde de la carretera, cerca de la aduana; a mi derecha lo único que veía era el desierto, esa linea bizarra, hipnotizante, tan cercana y tan distante a la vez, con el Licancabur nevado de sombrero. Sóno algo en la radio que sólo recuerdo como preciso, perfecto, mientras lavaba ropa en la batea del lugar, a la sombra de un pimentero.

Es memorable porque en su aparente simplicidad, no podía encontrar algo mas intenso, menos superficial. Era real, luminoso y sincero, como las mejores cosas de la vida.

Eso.

Quién te quiere

Una buena paliza... Había varios que merecían una buena paliza. Una paliza con flores, con toallas mojadas, con un lento arañar perfumado. Una paliza que durara horas, entrecortada por reconciliaciones y caricias, vocabulario perfecto de las manos, capaz de abolir y justificar las torpezas nada más que para recomenzarlas después entre lamentos y el olvido final, como un diálogo de estatuas o una piel de leopardo.

Cortazar, Los Premios